Quizá sea la idea de que la elegancia se reduce a estética, estatus o códigos sociales – y, por lo tanto a una imitación sin fundamento- nos ha limitado a entender lo que realmente es.

Lo hemos visto y leído en muchos ensayos, se habla de eso con frecuencia… Y lo cierto es que aunque nos vemos atraídos a relegarlo simplemente al “cómo se ve algo”, es más bien el “cómo fue pensado”. Lo que deberíamos saber es que es una forma de inteligencia, aunque no necesariamente la más obvia (o la más celebrada). Lo que sí es que es una de las más exigentes: implica discernimiento sobre lo que pertenece y lo que no. Lo que sostiene y qué sobra: es una forma de criterio aplicado.

Es por eso que la elegancia verdadera es subestimada, delicada y absolutamente indispensable, pero sobre todo no es fácil de fingir ( o al menos no es sostenible hacerlo). Aunque pareciera que es rígida, es más bien un acto consciente y de intención clara para cada decisión, incluso – y sobre todo – en lo que no se muestra.

Esa es la razón por la que lo verdaderamente elegante rara vez necesita explicarse: se percibe. Por naturaleza, es una cualidad que no busca atención, pero inevitablemente la ordena. No por ser llamativa, sino por ser coherente: tiene una lógica interna que se sostiene sin esfuerzo aparente.

Y esa coherencia no es casual: es el resultado de una sensibilidad capaz de distinguir entre lo que es simplemente correcto y lo que es verdaderamente preciso… sabe definir lo que funciona y lo que corresponde. Justo en ese momento es donde la elegancia deja de ser estética o disciplina y se torna en estructura y guía.

Es así como se traduce a todo: la forma de moverse, de decidir, construir, aportar. Básicamente se convierte en una forma de pensar y proceder. Como toda forma de inteligencia, se entrena y procura, enfocándose en afinarla: con tiempo, exposición, atención.

Al final, la elegancia no está en lo que se añade, sino en lo que se comprende.

.. Maia


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